¿Qué tienen en común la discusión sobre los fondos de pensiones y los extraños eventos meteorológicos que hemos vivido estas últimas semanas? Bastante más de lo que parece. En ambos casos enfrentamos riesgos que conocemos, pero que nos cuesta abordar porque actuar hoy implica asumir costos para obtener beneficios en el futuro. Y justo este sábado 24 de octubre, cuando se conmemora el Día Internacional contra el Cambio Climático, vale la pena reflexionar sobre esta dificultad.
Cuando el médico entra al consultorio y dice “tiene usted cáncer, esto es lo que hay que hacer”, obedecemos. No porque entendamos el diagnóstico, sino porque confiamos en una forma de racionalidad simple: frente a evidencia experta y riesgo grave, se actúa.
Con el cambio climático, en cambio, no es que esa racionalidad desaparezca. Es que compite con otras.
Existe, por supuesto, quien simplemente no cree en el diagnóstico. Pero ese caso —como en medicina— es minoritario y poco explica. El problema relevante está en otro lado.
Por una parte, está la lógica científica: frente a riesgos grandes, acumulativos y potencialmente irreversibles, esperar certeza absoluta es, en sí mismo, riesgoso. Actuar bajo incertidumbre no es un error, sino prudencia.
Pero esa lógica convive con otra, más cotidiana: la de los incentivos individuales. El costo de actuar es inmediato y personal; el beneficio es difuso y futuro. Desde ese punto de vista, no actuar puede ser perfectamente coherente.
Esto no debería sorprendernos. Basta mirar el debate sobre las pensiones, que ha vuelto a ocupar la agenda a propósito de las pérdidas del Fondo E. Más allá de esa controversia, hay una cuestión de fondo: ya aprendimos que no basta con pedirles a las personas que ahorren voluntariamente para su vejez. El sacrificio es hoy, el beneficio es en treinta años, y aun así nos cuesta hacerlo. Por eso existen sistemas obligatorios de ahorro previsional. Porque entendimos que, incluso cuando el beneficiario somos nosotros mismos, la acción voluntaria no alcanza.
En el cambio climático, el desafío es mayor: el beneficio no es propio ni cercano, sino global y de largo plazo.
El resultado es un debate donde distintas racionalidades conviven sin resolverse. Explicar mejor la ciencia no elimina los incentivos. Apelar a la urgencia tampoco resuelve el problema de coordinación colectiva.
Por eso la analogía del paciente tiene un límite. No estamos frente a una persona decidiendo por sí misma, sino frente a millones de decisiones pequeñas cuyos efectos se acumulan.
Y ahí aparece una lección conocida: cuando el problema es colectivo y los incentivos individuales apuntan en la dirección contraria, la solución no puede descansar únicamente en la voluntad individual. Requiere instituciones capaces de alinear incentivos y coordinar la acción colectiva. No le pedimos a la gente que ahorre por buena voluntad: lo hicimos obligatorio. No confiamos en que las empresas dejarían de contaminar por conciencia: las regulamos.
Eso es, probablemente, lo que falta hoy. No más información. Mejores reglas.
Porque la salida no es que todos pensemos igual. Es que, aun pensando distinto, terminemos actuando en la misma dirección.
Como en el consultorio, lo importante no es el debate. Es el tratamiento.
Sebastián Vicuña, Director Centro de Cambio Gobal UC.
Octubre 2026.